Allí también se le apagó la luz al hockey nacional. Mientras las potencias se profesionalizaban, la Argentina quiso salvarse con el talento surgido en las escuelas y se alejó de los podios. ¿Planes, proyectos? “A principios de los 80 nos entrenábamos en una cancha de hockey sobre patines”, cuenta Victoria Carbó, integrante de la Selección entre 1982 y 1993. El 6° puesto en Buenos Aires 81 (con Adriana McCormick como capitana y Gabriela Liz como promesa) y el 9° lugar en Malasia 83 graficaron el retroceso. “La falta de competencia era absoluta. Cinco chicas llegaron al Mundial de Malasia con cero partido internacional. Cero. No conocíamos a las rivales ni la superficie”.
La previa de Holanda 86 estuvo bañada de realidad. Argentina se había clasificado heroicamente, en un torneo jugado en Obras Sanitarias que fue televisado. Sin embargo, nadie aprovechó el éxito para impulsar al hockey. “No podemos aspirar a más que un quinto puesto”, reconocían las jugadoras. ¿Cómo pensar en más, si ni podían entrenarse? La única cancha sintética era la de Obras y les permitían usarla sólo cuando los socios no la requerían para otras actividades. Con la arquera Laura Mulhall como símbolo terminaron séptimas, derrota ante la débil Irlanda (1-3) incluida. “Empezábamos bien los torneos, pero nos quedábamos sin resto y nos terminaban superando físicamente”, especifica Vicky Carbó, capitana en su último Mundial, aquel de 1990.
A UN PESITO EL STICKER
“Después de que las chicas tuvieron que pagarse el viaje en el 90, las cosas no cambiaron mucho –recuerda Jorgelina Rimoldi, pieza vital de la Selección entre 1991 y 2001–. Teníamos que juntar plata para todo, hasta para tener uniforme en los torneos. Además, en el 91 la cancha de Obras ya no se podía usar. Entonces ,nosotras teníamos que entrenarnos en canchitas de papi fútbol, entre las once de la noche y la una de la mañana. Vanina Oneto salía, tomaba el 60 hasta San Fernando y debían esperarla en la parada. Y todo por el hockey”.
El primer cambio positivo fue la inauguración de una cancha sintética en el CENARD, en 1992. Allí se empezó a juntar una generación de adolescentes que incluía a las desconocidas María Paula Castelli, Magdalena Aicega, Sofía McKenzie, Ayelén Stepnik y Oneto. “Fue una camada notable”, apunta Rimoldi. Ellas ganarían el Mundial Juvenil en 1993, pero...
“Otra vez teníamos que conseguir plata o no viajábamos al Mundial de mayores –retoma Rimoldi–. Y ya no alcanzaba con las rifas. Entonces nos pusimos a diseñar remeras y hasta vendíamos calcomanías de la Selección. Lo que fuera para ir a Dublin. Jugamos con las camisetas del equipo masculino, pero en talle 1, y teníamos veinte bochas para entrenarnos. Las de Estados Unidos tenían doscientas y nosotras, veinte”. Con la base juvenil más Gabriela Pando, Gabriela Sánchez y Karina Masotta (elegida mejor jugadora del mundo), Argentina logró un festejado subcampeonato.
En 1995 se disputaron los Juegos Panamericanos en Mar del Plata. Una buena chance de mostrarse en casa. “Ahí nos enteramos de que otros deportistas cobraban becas. Nosotras éramos subcampeonas mundiales y no nos daban nada”, explica Jorgelina. Televisadas para todo el país, ganaron la medalla de oro. ¿Fue el salto a la fama? “Para nada. Nos reconocían en el ambiente del hockey y los vecinos. Nadie más. Al menos empezaron a darnos una beca de 100 pesos, con la que no comprábamos ni un palo para jugar, pero bueno...”.
La gran cita sería los Juegos Olímpicos de 1996. En Atlanta eran candidatas a una medalla, quizás de oro. Competían ocho equipos; la expectativa era gigante. Sin embargo, algunas compañeras ya no estaban. No sólo por la decisión de tener hijos o por la edad se desmembraba el plantel: a Marisa López, indiscutida, no le daban los horarios para entrenarse y se veía forzada a renunciar.
Empezaron perdiendo 2-0 contra Alemania. El segundo partido era ante Australia. “Parecíamos conitos por cómo nos pasaban. Sentimos una impotencia total”, recuerda Rimoldi, autora del único gol argentino en la derrota 7 a 1. Tibios triunfos (1-0 a España, 2-1 a Estados Unidos) las mantuvieron con esperanzas, pero Holanda (1-4) y Gran Bretaña (0-5) las destrozaron. Resultado final: séptimas entre ocho. “En ese momento nos dimos cuenta de que estábamos lejos de las mejores. Queríamos ser las mejores pero no nos preparábamos para eso”.
Por Martín Estévez
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